El silencio es un hermoso estado de conciencia, difícil de obtener. Dejar la palabra hablada y escrita descansar un tiempo determinado, es acaso una de mis dificultades. Soy un hombre extremadamente racional, algunas veces rígido, y lo soy conmigo mismo y con los demás, por que justamente a veces no me dejo trastabillar o marco mi camino violentamente recto, sin sinuosidades ni curvaturas. Pero es cierto que los caminos no son derechos como la panamericana, ni carentes de lomos y baches. También soy profundamente emocional, tengo la pasión de quien cree que puede, en cierta medida, cambiar el estado actual de las cosas que me parecen injustas, y tengo la secreta esperanza de que el mundo pueda progresar y que el futuro llegará a ser luminoso y brillante (1). Y creo, en la intimidad de mi reflexión, que en algún momento de la historia, se podrán abrir mil flores y competir en buena lid, cien escuelas de pensamiento (2).
Algunas veces y lo sé, llego al espíritu de los demás con mi poesía y los demás reconocen mi lógica casi implacable en el análisis político y social. Pero ahora debo callar. Al menos un pequeño lapso del tiempo, del universo un segundo (3). Es que hoy y hace días, siento un torbellino seco en mi corazón y en mi cabeza. En algunas mañanas y en las noches calurosas, me pongo a rumiar una cierta rabia, un enojo que ya parece monumento. Es que veo, como un niño mira despejado el cielo de tormenta, algunas cosas y personas, algunas realidades y momentos, y siento que otros no las ven como yo las veo.
No acuso de ceguera a nadie, ni de poseer una verdad suprema y lo digo con sinceridad. Sólo que si observo a cada rato el cielo de la patria resquebrajarse, a los pobres deambular heridos, cansados y contentándose con lo mínimo, y a los poderosos y privilegiados danzando en su soledad de alturas, patios verdes y cultura, atiborrándose de suaves sombras, me dan unas ganas locas de escaparme y de sentarme en una piedra, y quedarme para siempre callado y de granito.
Cuando iba de camino a comprar harina por el barrio, conversaba conmigo mismo, escondiendo mi figura entre los árboles, tratando de ser un clandestino entre las vecinas viejas. Y me decía, qué pena haber nacido en este tiempo, por qué no lo habré hecho en el futuro. Qué rabia haber nacido en la prehistoria de la vida. Por qué tengo que vivir en esta lucha de las clases descarnada, por qué me toco junto a tantos esta apropiación privada de la riqueza enorme y homicida de los pocos, y la repartija obscena de la chaucha, para millones que deambulan como hormigas.
Por qué me toco vivir la pequeña historia de la naturalización de la injusticia. Por qué para la mayorías, meramente cajas de fósforo y paredes como telas de cebolla y gritos y borracheras en los pasillos de la jaula, y para los minoritarios, enormes horas de ocio, un cielo azul pegando en ventanales y los libros y la música rodeando sus sentidos.
Por qué me toco vivir en la inconsciencia, en que a los demás, a muchos y distintos, les parece todo tan sencillo. La justa desigualdad dicen algunos. La realidad es la realidad, dicen los otros. O los que no ven nada, porque de verdad nada ven,y que siguen su marcha como si nada extraño y horroroso sucediese.
Por qué me tocó esta marejada. Por qué. Ha llegado el momento de callar, puesto que al menos mi diálogo de carne viva, logra poco o casi nada. Se me enojan los amigos y enemigos, las veladas se convierten en infierno, se paran algunos de sus sillas y me dejan solo hablando como un loco.O simplemente no se hermanan con mis sentidos y mi carne de gallina.
No se duelen ya, no de mala fe, ni por ser crueles. Estoy seguro que piensan y que sienten que voy derecho al desfiladero de los que siempre pierden. Pero no me dejan por aquello, no temen verme desahuciado, no es eso. Solo que no quieren derrotarse poco a poco con mi vida, ni hacerse parte del macabro juego.
Y no falta quien me acuse de egoísta, que sólo pienso de manera abstracta en plasmar mis propios sueños, o quien diga duramente, que ya dejaron de ser niños, acusándome de inmadurez en la porfía. O finalmente los menos duros, los heridos también de cuerpo y alma, los que me aman, piensan que algo de verdad hay en mi boca, pero que soy demasiado negativo, que solo veo el vaso medio vacío y no acepto avances y alegrías.
Por mi parte, así sin afán de metáforas simplistas ni de triste poesía, sino como experiencia, afirmo más que nunca hoy: "que la vida es mentira/que la muerte es verdad, (...)así es la vida entonces,espinas de Israel, amor crucificado, corona del desdén, los clavos del martirio,el vinagre y la hiel, ay ay ay de mí" (4)
(1) y (2) Citas del Presidente Mao Zedong. (3) Canción por la unidad latinoamericana, Pablo Milanés. (4) Run Run se fue pal norte, Violeta Parra.